|
El valor real del bosque. Por Antonio Rigueiro Rodríguez (*) |
|
Por Antonio Rigueiro Rodríguez (*) |
|
Se admite universalmente que el monte arbolado desempeña una múltiple función, económica, ecológica, social y cultural, y los modelos de gestión forestal sostenible, de actualidad en los últimos tiempos -especialmente tras los acuerdos y recomendaciones de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo celebrada en Río de Janeiro (Brasil) en Junio de 1992- se plantean alcanzar un equilibrio entre la triple función clásica de los bosques -sostenibilidad económica, ambiental y social-, dando además protagonismo a la conservación de la biodiversidad. Se entiende ésta en su sentido más amplio, es decir, incluyendo las tradiciones, paisajes y culturas además de la vida silvestre. No se trata de arrinconar la función económica, ni de recuperar rivalidades y batallas ya superadas entre “productivistas” y “conservacionistas”, sino de llevar las otras funciones del bosque, bastante olvidadas a veces, al lugar que les corresponde, y no solamente por motivos meramente sentimentales o filosóficos, sino también reconociéndoles su importancia socioeconómica y el notable papel que están llamadas a desempeñar en el desarrollo rural, fundamentalmente en el incremento del nivel de vida de los habitantes del campo y en la fijación de la población en las zonas desfavorecidas. Los bosques naturales y las masas arboladas artificiales proporcionan al hombre unos beneficios directos en forma de productos tangibles e intercambiables (madera, resina, corcho, pastos, miel, setas, plantas medicinales y aromáticas, pequeños frutos y frutos de árboles, recursos agroenergéticos...), que tienen un mercado y, por tanto, su importancia económica, que repercute normalmente en los propietarios de los predios forestales, puede ser tasada o valorada sin grandes dificultades. Las formaciones arboladas también contribuyen, y de forma notable, a conservar y mejorar nuestro medio ambiente natural, a través de la llamada función ecológica o medioambiental, a la que cada día se da mayor relevancia, y que se manifiesta a través de aspectos como la regulación de los ciclos hidrológicos, la conservación de la flora, la fauna y los suelos, su papel como sumideros de carbono, la protección de la agricultura o la prevención de la eutrofización de las aguas continentales, por citar algunas de las cuestiones de mayor interés. Por otra parte, en los últimos lustros ha venido creciendo la concienciación medioambiental de la sociedad y el interés por el disfrute del tiempo de ocio en contacto con la naturaleza, y, como consecuencia, la demanda del uso social del bosque. Los hombres y las mujeres, de forma especial los habitantes del entorno urbano, vuelven la mirada a sus orígenes, a la naturaleza, y desean acercarse a ella para sentirse acariciados por el encanto de los más bellos paisajes naturales. Por eso, a la función social del bosque, muy ligada a la ecológica, se le da mayor importancia cada día en los criterios que rigen la gestión forestal -por ejemplo asignando mayor protagonismo al paisaje-, ya que hoy se considera que puede contribuir al desarrollo de comarcas socioeconómicamente deprimidas y a fijar la población en áreas que ofrecen una preocupante dinámica demográfica negativa. Así, desde distintos ámbitos se fomentan modernas iniciativas de disfrute del tiempo libre en contacto con la naturaleza, y se van haciendo familiares conceptos como agroturismo, turismo rural o turismo verde, en los que la función social del bosque tiene, sin duda, una significación notable. Existen también culturas y tradiciones ligadas a los bosques y paisajes culturales de gran belleza y altamente valorados por la sociedad, culturas, tradiciones y paisajes que están amenazados debido al despoblamiento del medio rural. Los beneficios indirectos derivados de las funciones ecológica, social y cultural de los bosques son más difíciles de evaluar y cuantificar, en comparación con los que derivan de la denominada función económica y, tal vez por ello, se ha dedicado menor esfuerzo a estudiar su valoración. Estos beneficios, generalmente, repercuten en mayor medida en personas ajenas a la propiedad de los bosques que en sus propietarios, los cuales no reciben compensación por ellos ni por el lucro cesante que puedan suponer las limitaciones en el uso de sus propiedades que a veces se les imponen con el fin de garantizar las funciones ecológica y social. En la contabilidad nacional el sector forestal se valora en base a la función productiva o económica -considerada parcialmente, incluso-, sin tener en cuenta los aspectos ecológico, social y cultural, y ello explica que su valoración económica no refleje su importancia. Así, por ejemplo, cuando se dice que el sector forestal gallego solamente aporta un 13% de la Producción Final Agraria de nuestra comunidad autónoma, se está hablando solamente de las producciones directas y tangibles, de una parte de ellas más bien, sin incluir otros beneficios y servicios ambientales y socioculturales, las llamadas externalidades, cuya importancia y valoración es creciente en la sociedad, ni, por supuesto, la transformación de los productos forestales. Incluyendo solamente el valor ambiental y social, empleando las metodologías al uso, se duplicaría el peso del sector forestal en la Producción Final Agraria de Galicia. En nuestra opinión, la valoración de los beneficios indirectos o intangibles que los bosques nos ofrecen son imprescindibles para dimensionar con realismo la importancia de estos ecosistemas, justificar las inversiones cuantiosas que su creación, mantenimiento y mejora requieren, cuantificar económicamente, de forma objetiva, los daños y deterioros de los mismos, retribuir a los propietarios forestales las funciones ecológica, social y cultural de los bosques, introducir mecanismos de compensación económica a los propietarios del terreno por el lucro cesante que con frecuencia deriva de la obligada y necesaria conservación de ecosistemas singulares, o para abordar, de considerarse oportuno y conveniente en determinados casos el establecimiento de tasas ambientales. Éstas, que podrían resumirse en los principios “pagar por disfrutar” o “pagar por contemplar”, en línea con el ya bastante asumido “quien contamina paga”, y que, a través de los recursos generados, podrían repercutir en la conservación de los espacios más valiosos. Es por ello que nos parece urgente y de gran trascendencia la modificación de los criterios de la contabilidad forestal nacional, introduciendo la cuantificación de la importancia que los bosques tienen en la conservación y regulación del medio y de su significación sociocultural. Sólo así se acercará la valoración económica del bosque a su dimensión real. (*) Dr. Ingeniero de Montes y Catedrático de la USC |