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Ya no queda nada de aquel gran pinar que
inspiró a Eduardo Pondal para componer las cuatro estrofas inmortales a
las que puso música Pascual Veiga | JOSÉ MANUEL PONTE
Ya no queda nada de aquel gran pinar que
inspiró a Eduardo Pondal para componer las cuatro estrofas inmortales a
las que puso música Pascual Veiga. Se extendía desde el dulce regazo del
valle de Ponteceso, donde el vate tenía su casa solariega, hasta los
bravos contornos de la costa de Corme. Era una delicia pasear por allí
dejándose mecer por los aromas del monte y los cantos de los pájaros,
mientras el viento hacia sonar el arpa en las copas de los árboles ( Al
menos así lo cantaba Pondal: "De escuro arume harpado co seu ben
compasado monótono fungar") Pero, una noche de viento propicio, algunas
manos anónimas le prendieron fuego y ardió entero como una tea, y no
llegó hasta Nueva York, que queda justo enfrente, porque la distancia es
larga y por la mar sólo saben viajar los llamados fuegos de Santelmo,
esos que asustan a los marinos. Nadie se encargó de repoblar los pinos
quemados y poco después el terreno se cubrió totalmente con miles de
horribles eucaliptos, que es un árbol que parece que lo planta el diablo
de tan aprisa que crece. Cuando existía el pinar, abundaban allí la
perdiz, el conejo y la ardilla y durante mucho tiempo-yo lo oí contar-
no había trazada carretera, por lo que debía cruzarse a pie o a caballo.
De tan tupido y extenso que era, la gente -una más que otra- pasaba algo
de miedo en la travesía, sobre todo cuando caían las sombras en aquella
parte del mundo. Una noche de esas -especialmente oscura , nublada y sin
luna- llegó un hombre a un bar de Ponteceso preguntando si habría allí
alguien que tuviese intención de dirigirse al vecino Corme, para hacer
juntos el viaje. Como le dijeran el nombre de uno que había salido hacia
unos minutos, cansado de esperar por lo mismo, se fue tras él corriendo.
Dicen que nunca se dio una travesía tan rápida, porque cuando el primero
en emprender el camino oyó tras de si a otro que lo perseguía, creyó que
eran maleantes, o aun peor espíritus de la Santa Compaña que venían a
llevárselo para el otro mundo. Corría uno -nunca mejor dicho- como alma
que lleva el diablo. Y lo mismo hacía el otro por no quedarse atrás,
hasta que llegando a las primeras casas de Corme, ya medio rendidos, se
reconocieron por fin el uno al otro, y después se desmayaron.
Desgraciadamente, el panorama que se ofrece ahora no hubiera inspirado a
Pondal, porque el pinar es un eucaliptal tenebroso y, por si faltara
algo para afear el paisaje, se autorizó también la instalación de
decenas de aerogeneradores y el trazado de una carretera enorme, casi
una autopista, que destrozará lo que queda del monte y del valle. Por
eso mismo, coincidiendo con el Día de la Patria Galega, yo le propongo
al inminente nuevo gobierno que cambie la letra del himno nacional para
adaptarlo a la realidad. Hace un tiempo, propuse arrancar de este modo
vibrante: " Que din os ocalitos nas costas pestilentes..." , pero nadie
se animó a continuar la rima. Los pinos habrán desaparecido pero todavía
nos sobran buenos poetas.
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